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Este refrán es muy real, por eso permanece en nuestra cultura a lo largo de los años. Cuando surge un conflicto requiere que dos personas se pongan en polos opuestos defendiendo posturas enfrentadas que requieran que una de las partes dé una respuesta determinada que dicha parte no está dispuesta a realizar. Así que vamos a analizar un poco a una de esas partes para ver la importancia de lo que llevamos dentro para facilitar o dificultar ese conflicto.

¿Qué pongo yo en la relación? Esto se refiere a qué aspectos míos influyen en la situación de conflicto. ¿Os ha pasado entrar en una tienda y, al ver que la persona que os va a atender lleva una cara de enfado claramente visible, automáticamente sientes cómo tu humor cambia? Incluso puedes ponerte a la defensiva! Nuestros prejuicios se ponen en alerta y muy probablemente el resultado será salir con un gran enfado de la tienda. Prueba a sonreír, a tratar de una manera muy cordial y cercana a la persona, no te enganches al enfado sino a la persona que seguramente ha llevado un día removido. Esto es lo que refleja su aspecto, pero su situación no es personal. No es especialmente contigo.

Este es uno de los grandes problemas de los conflictos, que nos lo llevamos al terreno personal dando armas a nuestro ego para que se ponga en modo lucha, cuando, si nos paramos, no deseamos un encuentro de estas características. Nuestro ego nos defiende del mundo diciéndonos que somos importantes y valiosos, que merecemos la pena y que nadie tiene derecho a tratarnos mal. El ego es un gran protector pero ante todo, somos personas que se conectan gracias a la humanidad compartida. La empatía habla de esto. Cuando somos capaces de conectarnos con lo que le puede estar pasando a la otra persona, cuando vemos su humanidad, su sufrimiento, entonces el ego se suaviza dejando libre a nuestros sentimientos más positivos.

 

Así que la pregunta es obvia: ¿Cómo es nuestro ego? Cada uno de nosotr@s disponemos de un ego, forma parte de la naturaleza humana, pero también es diferente en función de cuánto lo hemos cultivado;

Las personas con mucho ego presentan una cierta susceptibilidad, en ocasiones, tienen el enfado a flor de piel, su cuerpo es erguido, con presencia. Sienten que no entienden por qué la gente se muestra de determinada manera y sobre todo, que no van a tolerar ninguna conducta que les pueda herir. Frases como: “Si está enfadado que se fastidie, a mí me tiene que tratar bien”, “Yo no merezco esto”, “¿Quién se cree que es para decir eso?”… Lo importante es lo que quieren por encima de lo que quiera o pueda sentir el otro. El problema es que la piel es tan fina que cualquier cosa les lleva a la defensa. Generalmente cuando se explora el interior de estas personas suele existir una cierta inseguridad o miedos que no desean mostrar para no parecer vulnerables. La imagen de si mism@s es lo único que tienen, por lo que la defienden hasta tal punto que les lleva a una guerra constante, donde lo que sucede al resto carece de importancia. Lo curioso es que, se suelen sorprender del comportamiento de la gente o de las ganas de conflicto de los demás, sin ninguna conciencia de lo que aportan ell@s para facilitarlo.

Por otro lado, tal vez sintamos que no tenemos ego. Al entrar en contacto con otra persona, nos difuminamos sin defender lo que deseamos. Este tipo de personas acaban por restar tanta importancia a su ego que se les pasa la vida sin conflictos, no porque no les hayan surgido, sino porque siempre ceden. Lo curioso no es que no tengan ego. La imagen existe, sólo que esa imagen refleja la información opuesta. Es cierto que suele ser difícil discutir con ell@s. Suelen acabar por tener una sensación de anestesia emocional, de que la vida les arrastra por donde quiere. Que no tienen capacidad de decisión ni de voluntad, aparte del coste que supone el quitarle valor a lo que sienten, desean o necesitan. En ocasiones, son capaces de sentir el enfado, pero nunca lo dirigen hacia fuera, sino que se cuestionan a sí mismos por lo que hacen o como se sienten. Son típicas las frases: “Soy tont@ no tenía que haber dicho nada”, “Me lo merezco”, “No es tan importante lo que quiero”… La poca validez que se dan a ell@s mism@s genera mucha inseguridad, que acaba por dejarles sin recursos, a expensas de los demás. Su imagen refleja la falta de valía por lo que suelen ser cuerpos encorvados, miradas algo esquivas o risueñas, debilidad en el porte o acolchamiento para acoger. Lo curioso en este caso es que se sorprenden de que nunca tienen conflictos, sin conciencia del coste que tiene eso para ell@s.

 

En definitiva, desde un extremo a otro, como veis, la inseguridad es el director de orquesta, desde un lado nos obliga a actuar desde nuestro ego más férreo y desde el otro desde un ego muy voluble que parece que no exista. Como siempre en psicología, en el medio está lo adecuado. Necesitamos el ego para defendernos siempre que esté conectado con el yo más personal, puesto que sólo este yo es el que es capaz de conectarse con las personas. El que trata de vivir tranquilo. El que disfruta y busca aprender, relajarse, divertirse y explorar. No dejemos que sea el ego el que siempre dirija nuestra vida. Utilicémoslo para lo que necesitamos, pero guardémoslo cuando así lo requiera la situación. La flexibilidad es la mejor lección que podemos aprender para que nuestra emocionalidad se pueda adaptar a las situaciones y además sentir que nuestra vida funciona dirigiéndose a lo que deseamos o queremos.

Si quieres conocer más sobre este tema o te has sentido identificado en algún aspecto, no dudes en ponerte en contacto con nosotras y te ayudaremos a explorar.

Inma García Beviá

CV06074

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